Rascacielos de Cuenca: rascacielos medievales sobre el abismo - Cuenca
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Destino

Rascacielos de Cuenca: rascacielos medievales sobre el abismo

Cuenca, Spain

Los rascacielos medievales de Cuenca

Al subir por la Ciudad Alta de Cuenca, la calle Alfonso VIII ejerce de espina dorsal entre la parte baja, junto a la calle Palafox, y la Plaza Mayor coronada por la Catedral. Los singulares edificios escalonados que flanquean el límite sur y este de esta vía, lindando con el barrio de San Martín, están considerados entre los bloques residenciales en altura más antiguos de toda Europa. Conocidos colectivamente como los rascacielos de San Martín o los rascacielos de Cuenca, estas construcciones encarnan una asombrosa proeza arquitectónica frente a una geografía indómita.

Vistos desde la calle, los inmuebles parecen modestos, con fachadas de vivos colores que apenas se alzan tres o cuatro plantas sobre el empedrado. Sin embargo, tras los portales, las estructuras se clavan directamente en la pared vertical de roca caliza de la hoz del Huécar. Es al contemplarlos desde el fondo del barranco cuando se revela la verdadera magnitud del prodigio: fachadas que se descuelgan por el precipicio hasta alcanzar entre 9 y 12 plantas de altura.

El origen de la verticalidad sobre el abismo

Tras la conquista de la Kuvenka musulmana a manos del rey Alfonso VIII en septiembre de 1177, la villa creció a toda prisa sobre su estrecha cresta rocosa. Encajonada a ambos lados por los profundos tajos excavados por los ríos Júcar y Huécar, expandirse en horizontal era sencillamente imposible. Durante los siglos XV y XVI, los alarifes locales zanjaron esta asfixiante falta de espacio construyendo hacia abajo, directamente sobre el filo del precipicio, y crearon así un modelo pionero de viviendas colectivas en vertical.

Con el paso de los siglos, la calle fue transformándose al compás de la vida cívica conquense. Antes de recibir su dedicatoria regia a Alfonso VIII, el trazado se conocía como calle de Correduría por su bulliciosa concentración de comerciantes y tratantes. Más tarde pasó a llamarse calle de la Cárcel, pues albergó la prisión municipal y la sede del corregidor, la máxima autoridad de la villa.

Los «rascainfiernos» y los accesos subterráneos

Como el grueso de su mole vertical no trepa hacia el cielo abierto sino que se desploma hacia el abismo de la hoz, los conquenses bautizaron históricamente a estos edificios con un apodo tan gráfico como paradójico: los rascainfiernos.

Esta insólita arquitectura invertida dio lugar a interiores desconcertantes. Al traspasar los portales de la calle Alfonso VIII, el zaguán suele bifurcarse en dos tramos de escaleras: uno que asciende hacia las plantas superiores a ras de calle y otro que se precipita hacia las profundidades del acantilado, donde se aferran los apartamentos inferiores. Semejante juego de alturas dejó estupefacto en su día al escritor Pío Baroja, que vio a varios burros asomados a balcones de una quinta o sexta planta sobre la hoz del Huécar; los animales descansaban plácidamente en las cuadras a pie de calle, que coincidían con los pisos más altos vistos desde el fondo del tajo.

El túnel de Alfonso VIII

El ingenio vertical de Cuenca también se extiende bajo los adoquines. Excavado a pico en el lecho de roca caliza bajo la calzada se esconde el túnel de Alfonso VIII, una galería subterránea de unos 90 metros de longitud y 250 metros cuadrados.

Durante la Guerra Civil española (1936-1939), la Junta de Defensa Pasiva acondicionó esta cavidad rocosa como refugio antiaéreo para la población local. Se construyó con entradas en codo, ideadas específicamente para desviar la metralla y la mortífera onda expansiva de las bombas. Tras la contienda, a mediados del siglo XX, la oscuridad y la humedad perenne del túnel tuvieron una segunda vida: se convirtieron en un criadero subterráneo de champiñones. En la actualidad, el espacio forma parte de la red municipal Cuenca Subterránea y está abierto al público mediante visitas guiadas y teatralizadas.

Patrimonio de la Humanidad y vida cotidiana

La arquitectura vernácula de la calle Alfonso VIII fue una pieza clave para que Cuenca recibiera el título de Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1996, gracias a esa fusión perfecta entre ingeniería civil y naturaleza abrupta. Hoy en día, la calle sigue siendo la arteria principal para peatones, coches y autobuses camino del corazón histórico. Estos rascacielos centenarios continúan llenos de vida: hogares privados y tabernas que siguen desafiando, con toda naturalidad, el abismo del Huécar.

FAQ

¿Por qué llamaban a estos edificios «rascainfiernos»?

Los vecinos los apodaron históricamente «rascainfiernos» porque, a diferencia de los rascacielos convencionales que se elevan hacia el cielo, estas estructuras se hunden directamente hacia las profundidades de la hoz.

¿Cuántas plantas tienen los rascacielos de Cuenca?

Desde la calle Alfonso VIII, los edificios parecen tener solo tres o cuatro plantas. Sin embargo, al estar anclados en la pared rocosa de la hoz del Huécar, alcanzan una altura total de entre 9 y 12 plantas cuando se contemplan desde el fondo del barranco.

¿Para qué se utilizó el túnel de Alfonso VIII?

Excavado bajo la calle, el túnel sirvió como refugio antiaéreo durante la Guerra Civil española, dotado de entradas en codo para frenar la onda expansiva de las explosiones. A mediados del siglo XX se reutilizó como cultivo subterráneo de champiñones, antes de abrir sus puertas al público para visitas históricas.

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